Esposas consentidoras

27-02-2012 in Historia, Opinión y actualidad by Pablo Poó Gallardo

Los maridos consentidores han sido desde siempre un tópico muy recurrible en la historia de las letras. Cuando Lázaro de Tormes se entera por los amigos de las “habladurías” sobre las movidas noches de su mujer y de los partos anteriores que ha tenido (que confirman la sospecha de que no es, ni mucho menos, una fiel esposa) se produce una magnífica escena, literariamente hablando, en la que confluyen los tres vértices del triángulo: Lázaro, su mujer y el Arcipreste.

Lázaro informa de las habladurías, el Arcipreste intenta tranquilizarle hablándole de “su provecho” y la mujer reacciona histéricamente y consigue callar, con sus gritos, todas las voces: la del Arcipreste, la de Lázaro y las voces chismosas de la calle. Todo termina en un pacto de silencio, con juramentos, por supuesto.

“Entonces mi mujer echó juramentos sobre sí, que yo pensé la casa se hundiera con nosotros. Y después tomóse a llorar y a echar maldiciones sobre quien conmigo la había casado. En tal manera que quisiera ser muerto antes que se me hubiera soltado aquella palabra de la boca. Mas yo de un cabo y mi señor de otro, tanto le dijimos y otorgamos, que cesó su llanto, con juramento que le hice de nunca más en mi vida mentalle nada de aquello, y que yo holgaba y había por bien de que ella entrase y saliese, de noche y de día, pues estaba bien seguro de su bondad. Y así quedamos todos tres bien conformes”.

En la España de los siglos XVI y XVII eran numerosos los maridos consentidores, a pesar de que suponía un grave delito y eran sometidos a la vergüenza pública: al marido se le montaba en un asno y era paseado por las calles, desnudo y adornada la cabeza con dos cuernos y sonajas.

Detrás iba la mujer, montada en otro asno y obligada a ir azotando a su marido; tras ellos, el verdugo iba azotando a la mujer. Para evitar que al marido se le recriminase de consentido podía solicitar que la autoridad le girara un documento llamado Carta de perdón de cuernos.

Pero, como diría aquel, “los tiempos mudan las cosas y perfeccionan las artes, y añadir a lo inventado no es dificultad notable” y gracias, entre otras, a Mayte Zaldívar, Rosalía Iglesias o la mismísima Infanta Cristina asistimos a la creación de un nuevo concepto: las esposas consentidoras.

Las esposas consentidoras son una suerte de entes vivos, pensantes (a veces), sumamente ingenuos y confiados -sobre todo, ingenuos y confiados- que, a pesar de compartir vida, cama y Visa con maridos corruptos, son totalmente desconocedoras de las actividades delictivas de sus respectivos, y no dudan en rasgarse las vestiduras de Segismundas ante el juez o el periodista de turno y recitar a coro: “¡Válgame el cielo, qué veo! ¡Válgame el cielo, qué miro! ¡Con poco espanto lo admiro! ¡Con mucha duda lo creo!”.

El manual de las esposas consentidoras, en su capítulo uno, establece que, ante el juez o la opinión pública, hay que ofrecer la imagen del “a mí que me registren”.

Rosalía Iglesias, esposa del extesorero del PP, Luis Bárcenas, se aprendió bien la lección y, durante su declaración, aseguró que toda la “gestión económica” de sus bienes la llevaba su marido. Según aseguraron fuentes jurídicas, Iglesias -imputada por delito fiscal y blanqueo de capitales- mantuvo ante el magistrado Antonio Pedreira que no sabía “nada” de las operaciones financieras con las que el matrimonio ha incrementado su patrimonio en los últimos años.

Mención aparte merece la actuación, ya casi olvidada, de Mayte Zaldívar, por la cual la Fundación Valle Inclán estuvo a punto de elaborar una separata e incluirla como personaje en Luces de Bohemia.

Esta pseudotertuliana venida a menos que no asimiló las enseñanzas del capítulo uno del Manual de las esposas consentidoras, llegó a afirmar que su exmarido, el también olvidado Julián Muñoz, entraba en el hogar conyugal con bolsas de basura supuestamente llenas de billetes procedentes del cobro de comisiones ilegales. Alegría.

Muy avanzado debería tener el señor Muñoz el Síndrome de Diógenes para que su esposa no se alarmara por la inversión del camino normal que siguen las bolsas de basura en la mayoría de los hogares españoles: desde dentro hacia fuera.

El susto de verdad le llegó cuando fue acusada dentro del sumario del Caso Malaya por blanqueo de dinero. Unos días en el calabozo, 90.000 euros de fianza y Mayte en la calle… o en los platós para contar su agonía carcelaria. Lo importante es rentabilizar.

Pero the show must go on y ahora se nos une a la pléyade consentidoresca la estrella más brillante del Paseo de la Fama de las esposas consentidoras: Cristina Federica Victoria Antonia de la Santísima Trinidad de Borbón y Grecia, alias “la Infanta Cristina”.

Y es que, o “la avaricia rompe el saco” o no le daba al matrimonio con la parte de la asignación que pagamos entre todos y los trabajos que, conseguidos con esfuerzo propio, dedicación y valía (nada de enchufes) desempeñan. Hay que entenderla: cuatro hijos son muchas bocas que alimentar.

O debieron pensar que sus maridos tenían una máquina de fabricar dinero o tienen el pulgar arrugado de tanto chupárselo, el caso es que ni la señora de Bárcenas ni la de Urdangarin se han divorciado de unos maridos que, supuestamente, les han estado ocultando algo tan gordo durante tanto tiempo. La confianza es ciega.

Artículo publicado por el autor en Montilla Digital.