La muerte en Córdoba en el siglo XV: grupos no privilegiados (I). Estado de salud al testar

16-04-2011 in Humanidades by Blanca Navarro Gavilán

Los individuos que vivieron en la Baja Edad Media tenían muy presente el momento del óbito, gran enigma para los cristianos, que debían estar preparados para morir. Contrariamente a lo que podríamos pensar, esta preparación no extinguió el miedo a la muerte, a la que se teme -y mucho- a fines del Medievo, a pesar de la conciencia macabra de la época. Con todo, existían algunos medios para hacer frente a ese pavor, uno de los cuales era otorgar testamento, de ahí la importancia que debemos conferir a esta esencial fuente para el conocimiento de las actitudes ante la muerte -y ante la misma vida- de los cordobeses de esta época.

Los habitantes de la Córdoba de fines del Medievo, como los del resto de ciudades castellanas e incluso europeas, estaban muy concienciados de la realidad de la muerte por lo habitual de la misma, debido a las epidemias constantes que asolaron al Viejo Continente desde mediados del siglo XIV (como la Peste Negra de 1348), a lo que se une el aumento del belicismo (en el caso de Castilla, merece especial mención la Guerra de Granada del siglo XV), entre otros aspectos que favorecieron la experimentación de la enfermedad y de la muerte, como el auge de las ciudades, que concentraron aglomeraciones de gente venida desde las áreas rurales, multiplicándose así la insalubridad que ya de por sí existía en las calles.

Lo normal era testar estando enfermo o ante la inminencia de algún peligro a pesar de gozar de salud. Así, la mayoría de los otorgantes sanos suelen ser hombres que van a la guerra, clérigos que van a peregrinar o de visita pastoral, y comerciantes que recorren Castilla en el desempeño de su actividad laboral. Algunos testan al enfermar en un sitio de paso, como hace en Córdoba el comerciante vizcaíno Martín Aguirre, natural de Azcoitia, que otorga testamento en nuestra ciudad el 21 de noviembre de 1491. No debemos olvidar a las embarazadas, que testan ante el temor de fallecer en el parto, aunque se encontrasen sanas durante los meses de gestación. Éste es el caso de Juana Martínez, que deja por herederos a los dos hijos habidos con su primer marido (un barbero), y a los dos del actual, sin olvidar al «póstumo de que al presente está ençinta», tal y como expone en su testamento (5 de enero de 1473).

A la hora de otorgar testamento resulta indispensable tener plenas facultades mentales, algo que, además, queda especificado en casi todos los documentos consultados, con fórmulas como: «estando enfermo del cuerpo e sano de la voluntad» (testamento de la viuda de un carnicero, fechado el 6 de enero de 1473); «sano del cuerpo e de la voluntad» (caso del sillero Basco Lorenzo, que testa el 10 de agosto de 1465); y «en mi buen seso e memoria e entendimiento natural» (testamento del carpintero Juan Martínez, de marzo de 1468).

Tras el análisis de 283 testamentos del Archivo Histórico Provincial de Córdoba, el porcentaje correspondiente a testadores enfermos es muy superior al de los sanos -77% frente al 18%-. Esto responde a la necesidad de los enfermos de tranquilizar su conciencia y asegurarse la salud del alma antes de pasar a la otra vida. No debemos desdeñar el porcentaje de testamentos de los que no se conoce el estado de salud, que representa un escaso 5 % del total.

Blanca Navarro Gavilán

Licenciatura y Doctorado en Historia

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Sobre Blanca Navarro Gavilán

Licenciada en Historia. Universidad de Córdoba. Estudios de Tercer Grado. Becaria FPU del Ministerio de Educación.