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La muerte en Córdoba en el siglo XV: grupos no privilegiados (y III). Aseguración de la vida eterna.

20-04-2011 in Humanidades by Blanca Navarro Gavilán

Como ya hemos expuesto en anteriores artículos, la población de los últimos siglos medievales está convencida de la existencia de otra vida tras el óbito, lo que explica el temor a fallecer repentinamente abintestato, sin poder repartir sus bienes terrenales ni asegurarse que se cumplen los ritos y ayudas para que su alma se garantice la vida eterna tras pasar por el Purgatorio. Aquí, las almas que requieren un tiempo de expiación, se benefician de los actos píos hechos en el mundo terrenal. Por eso algunos testadores mandan misas por las ánimas de ese «tercer lugar» (intermedio entre Paraíso e Infierno), para reducir su tiempo de estancia -y el de sus seres queridos- en el mismo. La mujer de un carretero, Isabel Rodríguez, manda nueve misas rezadas «por las ánimas de Purgatorio» en San Miguel, según comprobamos en su testamento (30 de julio de 1468), mientras el herrero Antonio Martínez manda cinco misas en San Pedro (23 de julio de 1488), las mismas que encarga tres días después la hija de un astero, Francisca, en su caso en San Nicolás de la Ajerquía.

Los legados piadosos servían para ganar méritos ante los ojos de Dios y, al mismo tiempo, para merecer su gloria. De hecho, fue frecuente entre hombres y mujeres de la época acordarse de los más necesitados aunque sólo fuera ante la inminencia de su propia muerte, lo que convertía sus actos misericordiosos en algo meramente egoísta, careciendo entonces del sentido principal. Por esto, no es extraño que los testamentos contemplen obras caritativas que dependían -como no podía ser de otro modo- de las posibilidades económicas del testador. Si no, no se explica que, por ejemplo en el caso de los esclavos, éstos no sean liberados en vida del amo, sino cuando ha muerto, como consecuencia del cumplimiento de una manda testamentaria.

Hemos considerado oportuno mencionar, aunque sea someramente, los tipos de mandas piadosas: las que se hacen a criados, pobres y a hospitales (donde vimos que igualmente había pobres, no sólo enfermos), sin olvidar la liberación de esclavos y las ayudas para el casamiento de huérfanas (manda ésta muy común entre los nobles). Con todo, no sólo los miembros de la aristocracia cordobesa se acuerdan de estas jóvenes, puesto que algunos individuos pertenecientes a la sociedad media ayudan a las huérfanas a poder contraer matrimonio: Catalina Rodríguez, vecina de San Pedro, hija de un sillero y casada en segundas nupcias con un calderero -y cuyo primer marido era astero-, manda «que den 1.000 mrs. para ayudar a casar una huérfana que ella tiene declarado y dicho a sus albaceas», tal y como observamos en su testamento (21 de febrero de 1465).

En cuanto a los esclavos, algunos eran manumitidos en el momento de hacer testamento, si bien otras veces el amo prefiere que se queden con algún miembro de la familia durante algún tiempo antes de alcanzar plena libertad. Parece que los amos, en algunas ocasiones, procuran proteger a sus esclavos (normalmente si son menores), llegando incluso a ayudar al casamiento en el caso de las niñas. El calderero Juan Ruiz el Mayor manumite en su testamento (fechado el 14 de octubre de 1468) a su esclava Marta y su hijo Jorge «de color negros por el serviçio que le hubo hecho e cargo que de ella tiene».

Es obvio que los privilegiados disponen de mayores seguridades de cara a la salvación, puesto que, en virtud de su dinero, podían aspirar a mejores lugares de enterramiento, a un mayor número de misas y otros medios para asegurar la salvación de su alma. Es por esta razón por lo que la afirmación de la igualdad de todos los individuos ante la muerte es una auténtica falacia en tanto en cuanto la consecución de la salvación eterna está determinada por la capacidad económica del difunto. Sobre esta idea de la desigualdad incidimos en nuestra investigación pues, innegablemente, la nobleza cordobesa del siglo XV -estudiada por Margarita Cabrera- no actuará de la misma manera ante la muerte que la sociedad media y baja, objeto de nuestro estudio.

Cabrera Sánchez, M., Nobleza, oligarquía y poder en Córdoba al final de la Edad Media, Universidad de Córdoba, Caja de Ahorros y Monte de Piedad de Córdoba, Obra Social y Cultural, 1998

Blanca Navarro Gavilán

Licenciatura y Doctorado en Historia

La muerte en Córdoba en el siglo XV: grupos no privilegiados (II). ¿Dónde se redactan los testamentos? Los hospitales de la ciudad

19-04-2011 in Humanidades by Blanca Navarro Gavilán

En el anterior artículo aludíamos a la importancia que adquirió a finales de la Edad Media la redacción del testamento. Pero, ¿dónde se testaba? Por lo general, en la propia casa del otorgante, aunque en el caso de algunos enfermos el escribano se trasladaba a los hospitales. Otras veces, cuando el testador no estaba impedido, incluso acudía por su propio pie a la escribanía y allí testaba, si bien podía hacerlo en cualquier lugar. Por ejemplo, una vecina de la collación (barrio) de San Pedro dicta su testamento en casa de la madre de un criado suyo, que sabemos se localiza «de frente de la Puerta de Baeça», al sureste de la ciudad.

Hay veces en las que el testador está acostado: según se expresa en los documentos, «alechigado en cama». Es lo que ocurre con varios enfermos de la casa de San Lázaro, uno de los casi setenta centros hospitalarios que hubo en nuestra ciudad, según apunta J. M. Escobar Camacho en un artículo sobre los centros asistenciales en la Córdoba bajomedieval. Entre esos enfermos podemos citar al cardero Gonzalo López y al mayoral del dicho hospital, Antonio Quesada (hijo de un sillero), que testan en 1475 y 1476 respectivamente.

En la España cristiana medieval, los hospitales albergaban enfermos, pobres y peregrinos sanos. Hemos localizado comerciantes foráneos (todos enfermos), que redactan su última voluntad desde algún hospital de Córdoba y que incluso señalan como albaceas testamentarios a trabajadores o enfermos del mismo sanatorio. Se conocen muchos hospitales de nuestra ciudad: el de San Bartolomé, ubicado cerca de la iglesia de San Nicolás de la Villa; el de Santa María de la Consolación (entre las actuales calles del Tornillo y de Armas), próximo a la parroquia de San Pedro, como el hospital del Maestrescuela, en la calle Lineros. En la confluencia de esta calle y la actual Badanas se documenta hacia el año 1406 el hospital de San Nicolás de la Ajerquía y, desde aproximadamente 1470, en la plaza del Potro, el de la Santa Caridad de Jesucristo. En la calle Mucho Trigo se conoce, desde 1486, el hospital de San Julián. La mayoría de los vecinos de las collaciones de Santa Marina y San Lorenzo pertenecían al estado llano (sector primario de producción y algunos oficios artesanales) con la salvedad de algunos miembros de la nobleza cordobesa (cuyas casas principales se hallaban en la collación de Santa Marina) y algunos individuos que ocupaban cargos concejiles o profesiones liberales (en la collación de San Lorenzo). En aquélla se documentan varias instituciones asistenciales desde mediados del siglo XV, mientras que en San Lorenzo podemos hablar de la cofradía y hospital de San Martín, con localización en la calle Montero ya desde 1316. Por otro lado, en las collaciones de Santiago y Santa María Magdalena (al sureste y este del sector de la Ajerquía, respectivamente), vivían los menos favorecidos, aunque también había miembros de familias cordobesas con cierto renombre. Y, entre otros ejemplos, en la collación de Santiago aparece el hospital de los Santos Mártires hacia 1387, establecido frente a la iglesia parroquial del mismo nombre.

Extramuros de la ciudad había centros asistenciales y ermitas compartiendo el espacio con tierras cultivables y con arrabales o pequeños suburbios. Por su pronta fundación (año 1262), destaca el hospital de Santa Eulalia, regentado por mercedarios. Cerca de la puerta de Gallegos se erigió una ermita (Santa María de las Huertas), próxima al cementerio de la iglesia de San Hipólito, que, según Ramírez de Arellano, se convirtió en hospital. Extramuros de la collación de la Magdalena, en el sector oriental, concretamente frente a las puertas Nueva y de Andújar, encontramos las ermitas y hospitales de San Antón y San Lázaro, fundados en el siglo XIII. En la misma collación, frente a la puerta de Baeza, se localizaba la ermita de Nuestra Señora de la Fuensanta, que aparece hacia mediados del siglo XV. Tras realizar el análisis estadístico de los testamentos consultados (como se apuntaba en el anterior artículo), podemos afirmar que el porcentaje de individuos que otorgan sus últimas voluntades desde algún hospital representa un escaso 4% del total, la mayoría enfermos en el hospital de San Lázaro. Los menos, testan desde los hospitales de Santa Lucía, San Marcos, Luis González de Luna y San Bartolomé.

  • Escobar Camacho, J. M., «La asistencia a los pobres en la ciudad de Córdoba durante los siglos bajomedievales: su localización geográfica», Meridies, 1, Córdoba, 1994, pp. 39-62
  • Ramírez de Arellano y Gutiérrez, T., Paseos por Córdoba, León, 1973

Blanca Navarro Gavilán – Licenciatura y Doctorado en Historia

La muerte en Córdoba en el siglo XV: grupos no privilegiados (I). Estado de salud al testar

16-04-2011 in Humanidades by Blanca Navarro Gavilán

Los individuos que vivieron en la Baja Edad Media tenían muy presente el momento del óbito, gran enigma para los cristianos, que debían estar preparados para morir. Contrariamente a lo que podríamos pensar, esta preparación no extinguió el miedo a la muerte, a la que se teme -y mucho- a fines del Medievo, a pesar de la conciencia macabra de la época. Con todo, existían algunos medios para hacer frente a ese pavor, uno de los cuales era otorgar testamento, de ahí la importancia que debemos conferir a esta esencial fuente para el conocimiento de las actitudes ante la muerte -y ante la misma vida- de los cordobeses de esta época.

Los habitantes de la Córdoba de fines del Medievo, como los del resto de ciudades castellanas e incluso europeas, estaban muy concienciados de la realidad de la muerte por lo habitual de la misma, debido a las epidemias constantes que asolaron al Viejo Continente desde mediados del siglo XIV (como la Peste Negra de 1348), a lo que se une el aumento del belicismo (en el caso de Castilla, merece especial mención la Guerra de Granada del siglo XV), entre otros aspectos que favorecieron la experimentación de la enfermedad y de la muerte, como el auge de las ciudades, que concentraron aglomeraciones de gente venida desde las áreas rurales, multiplicándose así la insalubridad que ya de por sí existía en las calles.

Lo normal era testar estando enfermo o ante la inminencia de algún peligro a pesar de gozar de salud. Así, la mayoría de los otorgantes sanos suelen ser hombres que van a la guerra, clérigos que van a peregrinar o de visita pastoral, y comerciantes que recorren Castilla en el desempeño de su actividad laboral. Algunos testan al enfermar en un sitio de paso, como hace en Córdoba el comerciante vizcaíno Martín Aguirre, natural de Azcoitia, que otorga testamento en nuestra ciudad el 21 de noviembre de 1491. No debemos olvidar a las embarazadas, que testan ante el temor de fallecer en el parto, aunque se encontrasen sanas durante los meses de gestación. Éste es el caso de Juana Martínez, que deja por herederos a los dos hijos habidos con su primer marido (un barbero), y a los dos del actual, sin olvidar al «póstumo de que al presente está ençinta», tal y como expone en su testamento (5 de enero de 1473).

A la hora de otorgar testamento resulta indispensable tener plenas facultades mentales, algo que, además, queda especificado en casi todos los documentos consultados, con fórmulas como: «estando enfermo del cuerpo e sano de la voluntad» (testamento de la viuda de un carnicero, fechado el 6 de enero de 1473); «sano del cuerpo e de la voluntad» (caso del sillero Basco Lorenzo, que testa el 10 de agosto de 1465); y «en mi buen seso e memoria e entendimiento natural» (testamento del carpintero Juan Martínez, de marzo de 1468).

Tras el análisis de 283 testamentos del Archivo Histórico Provincial de Córdoba, el porcentaje correspondiente a testadores enfermos es muy superior al de los sanos -77% frente al 18%-. Esto responde a la necesidad de los enfermos de tranquilizar su conciencia y asegurarse la salud del alma antes de pasar a la otra vida. No debemos desdeñar el porcentaje de testamentos de los que no se conoce el estado de salud, que representa un escaso 5 % del total.

Blanca Navarro Gavilán

Licenciatura y Doctorado en Historia