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La Obra

31-01-2012 in Política by Pablo Poó Gallardo

En los soportales del edificio donde vivo había un local que llevaba mucho tiempo sin ser alquilado por nadie. Su último inquilino fue una heladería de escaso éxito, incluso en época estival, a pesar del calor local y lo sugerente de sus recetas. Unos meses atrás, una clínica privada lo adquirió para abrir una sucursal; mi yo hipocondriaco se alegró muchísimo: tenía el médico a tiro de piedra.

Poco tiempo después, al modo en el que cuelgan en la comisaría los carteles de los delincuentes más buscados, apareció en los ascensores un escrito que nos invitaba, amablemente, a exiliar los vehículos que se encontrasen en determinadas plazas de garaje durante dos semanas, prorrogables sine die -que las obras se sabe cuándo empiezan pero no cuándo acaban- ya que, por encima de nuestras cabezas, iban a desviarse las cañerías de los aseos de la clínica en cuestión.

Aquello molestó sobremanera a los vecinos, que acudieron indignados al presidente a preguntar por qué debían ser ellos los canalizadores de las excrecencias ajenas; además, excrecencias de enfermos, que son como doblemente excrecencias: el colmo de lo escatológico.

El democrático gestor les informó de que la clínica había decidido desviar las cañerías para que no pasasen por su suelo, sino por los techos de sus coches, con el peligro que ello conllevaba de que una inoportuna filtración te dejara el parabrisas lleno de orina diabética, migrañosa, griposa o vete tú a saber, por citar un caso leve. Ya se sabe: la mierda que la aguante otro.

Tras varios meses sin retirar los coches de las plazas, las vírgenes cañerías comenzaban a coger polvo en las cajas, al tiempo que el director de la clínica se impacientaba por la tardanza en la ejecución del trasvase de aguas fecales.

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Príncipe de la paz

14-04-2011 in Opinión y actualidad by Blanca Navarro Gavilán

En 1795 recibió este honor Manuel Godoy, favorito del Rey Carlos IV y, aún más, de su esposa, la Reina María Luisa de Parma. La Historia demostró el desacierto de ese título, pues se «dejó engañar» por el ambicioso Napoleón Bonaparte, que invadió nuestro país, sumiéndolo en la miseria, el hambre y la guerra. Zapatero, cuando llegó al poder (de aquélla manera), quiso emular a Godoy y se erigió como el Príncipe de la Paz del siglo XXI, pues retiró las tropas de Irak tras el No a la Guerra tan manido por artistas que, no sé por qué, callaron cuando ZP enviaba nuestras tropas al Líbano, Afganistán y, ahora, a Libia. Como Licenciada en Historia, para mí todas las guerras son iguales, independientemente de su legalidad o no, pues al final, es el pueblo el que sale perdiendo y son los soldados los que mueren, a pesar de ir en «misión de paz». ¿O es que no nos acordamos de aquellos valientes soldados españoles fallecidos desde que ZP llegó a La Moncloa? ¿Cómo puede morir alguien que defiende a un país cuyo Presidente se vanagloria de ser denominado por algunos medios como Príncipe de la Paz? Vaya por delante mi admiración y respeto a las Fuerzas Armadas Españolas, cuyo trabajo valoro más que cualquier otra cosa.

Si ZP o sus centenares de asesores hubieran leído un poco de Historia, no habría cometido el error de alzarse orgulloso como Príncipe de la Paz. Es más, si no hubiera tirado por tierra todo lo que el Gobierno anterior hizo por la ilegalización de ETA, quizá España estaría dirigida por otro partido político, pero es que su ambición (escondida como lobo en piel de cordero) le llevó a creer que, realmente, sería recordado por la Historia como el Príncipe de la Paz que acabó con la banda terrorista. Aunque, más bien, la Historia lo recordará como el gobernante que necesitó la ayuda del terrorismo para ganar las elecciones en 2004 y ser reelegido cuatro años después, tras el asesinato de uno de los suyos, lo que conmovió a la población. Si mis palabras resultan duras al lector, mejor que no siga leyendo.

Únicamente expreso mi descontento con este Presidente, que mintió a los ciudadanos sobre la crisis (tardó más de dos años en pronunciar dicha palabra), que ha sumido a nuestro país en la miseria con cinco millones de parados, a quienes importa más poder comer diariamente que lo que un tal Gadafi esté provocando en el ámbito internacional. Al igual que Godoy (el verdadero Príncipe de la Paz), Zapatero ha engañado al pueblo y a sus votantes, entre los que, afortunadamente, no me encuentro. Y digo afortunadamente, porque tras el 14-M en que ZP fue elegido Presidente, me sentí humillada y criticada por no compartir sus ideas y haber votado a la oposición, recibiendo acusaciones tan graves como las que tuvo que oír Aznar en el funeral por las víctimas. A día de hoy, puedo ir con la cabeza bien alta porque yo no contribuí al desastre que asola España desde que ZP nos gobierna. Otros muchos, que incluso ahora estén en el paro gracias a la gestión del Príncipe de la Paz, no podrán hacer lo mismo.

Para terminar, aliento a todos aquellos que, como yo, intuimos el desgobierno y el desastre al que nos llevaría el PSOE. Ya queda menos para que al cerdo le llegue su San Martín. Y, a buen entendedor, pocas palabras bastan.

Artículo enviado por: Blanca Navarro